jueves, 9 de octubre de 2008

Juliaca...ciudad parida por el diablo

Lampa es la antítesis de Juliaca, esa ciudad parida por el diablo, caótica e insufrible, cuna de contrabandistas, antónima de la estética, antesala del infierno, desde la que se yergue un huachafísimo monumento al carretillero, en la que a uno le asalta la sensación de Richard Kimble, donde lo primero que se piensa al entrar en ella es cómo escapar de ahí.

Lo acido de lo anterior calo en el corazón de la llaga (Juliaca), el autor es el periodista limeño Pedro Salinas, quien hace algún tiempo remeció la mentalidad calcetera, a autoridades y a la mediocre prensa juliaqueña, todos refunfuñaron con creces por las crudas afirmaciones del mencionado periodista, afirmaciones que no escapan de la realidad.
Aunque debo recococer que al final de su artículo si que se excedió al escribir:
“Grande, Lampa. En cambio Juliaca, una caca”.
Pienso que ese artículo mas bien debería ser tomado muy en serio por todos los juliaqueños para sacarse la venda y vean la pobredumbre en que se vive, y tomar iniciativas para que todo esto cambie, alguien hizo algo? Al desubicado del alcalde lo primero que se le ocurrió fue demandar a Pedro Salinas cuando lo mas saludable hubiera sido darse una vueltita por toda la ciudad y manos a la obra! Quizás mucho mejor que la famosa "Marcha de la dignidad" hubiera sido algo así como "La marcha de la limpieza y el orden", hasta cuando????
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Aquí un artículo mas acertado por el destacado Cesar Hildebrant:
¿Juliaca es una caca?
Mientras la guerra de las cervezas produce su primer naufragio y su primera ahogada –que Backus responda por ello, ya que no respondió por lo que pasó con el Intiwatana, ya que jamás pagó nada, judicialmente hablando, por las denuncias de falsos vecinos de Huachipa en contra de la planta cervecera adversaria y ya que, en suma, hace lo que le da la gana en este país de panzones de cebada y lúpulo que se dan de chavetazos mortales al son de una pilsen cualquiera–; mientras la sucia guerra de la cerveza continúa, digo, Juliaca le ha prohibido la entrada a Pedro Salinas, le exige pedir perdón a la ciudad por los agravios sufridos y amenaza al periódico donde escribe con no distribuirlo por razones de lesa majestad ciudadana.
¿Y qué ha dicho Pedro Salinas sobre Juliaca? Bueno, Salinas ha apelado al minimalismo excretorio y ha dicho que Juliaca, para él, es una caca. Se ha referido, desde luego, a la ciudad en tanto conjunto armonioso y expresión de arquitectura y buen gusto. Ha aludido al paisaje urbano, al zafarrancho pujante y literalmente fronterizo que es Juliaca, a ese menestrón de ladrillos que el apuro ha vomitado sobre el plato hondo de la autoconstrucción y la burundanga y que hubiera, en efecto, horrorizado a ese gran puneño que fue don Federico More –por más que los plastas hayan querido confinarlo a sus descomunales faltas–.
¿Puede una ciudad entera darse por aludida ante el laconismo coprolálico de mi amigo Pedro Salinas? ¿Puede un periodista, por más influyente que sea, herir la susceptibilidad de una provincia entera? ¿Se puede –en suma– ofender a cientos de miles con una sola palabra?
Claro, en medio está el asunto del racismo, del limeñismo respingado, del sur hirsuto y contestón, de la negación de lo aymara –negación más vieja y sañuda que la que pende sobre lo quechua–, del prestigio de lo impreso y de las legítimas susceptibilidades que hoy las regiones ascienden a estatuto y levantan como muralla.
Pero yo puedo decir que Lima es horrible –y lo he dicho mil veces– y nadie me ha saltado a la yugular. En primer lugar, porque la frase es de Sebastián Salazar Bondy y los limeños se vacunaron con ella hace muchos años. En segundo lugar, porque Lima, en efecto, es en muchos aspectos espantosa. Y, en tercer lugar, porque Lima se ha quedado sin limeños y es hoy una ciudad varada por la incertidumbre, una ballena moribunda que pertenece a los siete mares y las mil leches, una sola invasión de vencidos que hacen flamear esteras entre los perdigones cada noche. ¿Y eso podría abreviarse con la palabra caca? Bueno, no es mi estilo, pero admito que la equivalencia no me parecería tan estrafalaria.
¿Y Castañeda Lossio, que odia a Lima más que los que la orinan, podría declararme persona no grata por decir que esta ciudad –donde nací– se parece a lo que fabrican la digestión y las horas? ¿Me va a mandar pegar Castañeda, el de las piletas que mean como recién nacidos bien dotados, porque digo que Lima tiene una cierta hermandad con aquella materia que escapa de nosotros de la misma manera entre los Papas que entre los infantes de marina?
No, y nadie se ofende si digo que, desde las esteras y los lomos de corvina sin corvina, Lima puede parecer una reverenda mierda.
¿Qué pasa, entonces, en Juliaca?
Yo creo que lo que más la ha agraviado es la rima de Juliaca y caca. ¿Creerán los paisanos de Cáceres Velásquez que esa consonancia tiene algo de intrínseco? ¿El lenguaje como anticipo del destino? Pues debería Pedro Salinas explicar ahora los motivos de su desprecio, pero en prosa.
Lo que quiero decir es que lo que hubiera podido ser una polémica divertida y aleccionadora sobre la cacanería urbana de Lima y los cuatro suyos se ha convertido, de oficio, en odio tumultuario y venganza de a mitin. Al fin de cuentas, Pedro Salinas ha expresado, de modo quizás incontinente, una opinión. Y si hay algo que reivindicar, pues allí está el poder judicial. Que el linchamiento televisado de un alcalde de la región Puno no vaya a servir de precedente.

César Hildebrant en el diario La Primera 10-09-07